Trauma infantil y apego: cómo las experiencias de la infancia influyen en la ansiedad y las relaciones adultas

Publicado el 2 de septiembre de 2026, 10:30

Cuando pensamos en nuestra infancia, muchas personas responden casi automáticamente:

«Yo tuve una infancia feliz».

Y es posible que realmente fuera así.

Haber vivido momentos felices, haber recibido cariño o reconocer todo lo que nuestros padres hicieron por nosotros no es incompatible con descubrir, años después, que algunas experiencias de aquella etapa dejaron aprendizajes que todavía influyen en nuestra forma de sentir, relacionarnos o protegernos.

Durante la infancia no disponemos de la perspectiva ni de los recursos que tenemos como adultos. Nuestra capacidad para comprender lo que sucede, ponerlo en contexto y regular determinadas emociones todavía está desarrollándose.

Además, tenemos poca información con la que comparar nuestra propia realidad.

Normalizamos lo que conocemos.

Para un niño, aquello que ocurre de manera habitual en su entorno no es «una determinada forma de relacionarse». Simplemente es la forma en la que funciona el mundo.

Por eso podemos normalizar que no se hable de emociones, determinadas críticas, una elevada exigencia, tener que portarnos bien para no preocupar a nadie, estar pendientes del estado emocional de los demás o aprender demasiado pronto a resolver las cosas solos.

También existen vivencias a las que, desde nuestra mirada adulta, podemos restar importancia y pensar:

«Tampoco fue para tanto».

Sin embargo, para comprender la carga emocional de una experiencia no basta con valorar objetivamente lo que ocurrió. También necesitamos tener en cuenta en qué momento del desarrollo sucedió, qué capacidad tenía aquel niño para comprenderlo, cómo lo interpretó y qué recursos tenía disponibles para afrontarlo.

Una experiencia aparentemente pequeña para un adulto puede resultar emocionalmente muy intensa para un niño.

Y algunas de las estrategias que aprendimos entonces para adaptarnos, sentirnos seguros o mantener nuestros vínculos pueden continuar apareciendo muchos años después.

En nuestra autoestima.

En nuestras relaciones.

En nuestros miedos.

En nuestra necesidad de control.

En la ansiedad.

En aquello que toleramos de los demás.

O en la forma en la que reaccionamos ante determinadas situaciones sin comprender del todo por qué.

Mirar hacia nuestra infancia no significa buscar culpables. Significa comprender nuestra historia y descubrir qué parte de ella puede seguir influyendo en nuestro presente.

La infancia no solo deja recuerdos: también deja aprendizajes

Durante la infancia no solo acumulamos recuerdos. También aprendemos qué podemos esperar de los demás y qué tenemos que hacer para sentirnos seguros.

Aquí entra en juego el apego. A través de nuestras primeras relaciones aprendemos si podemos expresar lo que sentimos, pedir ayuda, confiar en que alguien estará disponible cuando lo necesitemos o mostrar vulnerabilidad sin miedo al rechazo.

Cuando esas necesidades no encuentran una respuesta suficientemente estable, podemos desarrollar distintas formas de protegernos: estar muy pendientes de cualquier señal de distancia, buscar constantemente aprobación, complacer para evitar el rechazo, ocultar nuestras necesidades o aprender a no depender emocionalmente de nadie.

Estas estrategias pudieron tener sentido entonces. El problema aparece cuando seguimos utilizándolas automáticamente en nuestra vida adulta, incluso cuando las circunstancias han cambiado.

Por eso algunas dificultades actuales en la pareja, la autoestima o la gestión emocional pueden entenderse mejor cuando conocemos qué aprendimos sobre nosotros mismos y sobre los demás en nuestras primeras relaciones.

A veces no reaccionamos únicamente a lo que está ocurriendo ahora, sino también a lo que nuestra historia nos enseñó a esperar.

 

Cuando el pasado sigue activándose en el presente

Algunas experiencias de la infancia pueden quedar asociadas a una carga emocional importante, especialmente cuando ocurrieron en momentos en los que todavía no teníamos los recursos cognitivos y emocionales necesarios para comprenderlas o afrontarlas.

Esto no significa que cualquier experiencia difícil sea un trauma. Pero sí que, en ocasiones, lo vivido puede dejar aprendizajes y recuerdos que continúan activándose años después.

Aquí podemos hablar de memoria traumática. Determinadas situaciones actuales —una discusión, una crítica, sentir rechazo, un tono de voz, una pérdida de control o una sensación corporal— pueden funcionar como disparadores y provocar una reacción emocional mucho más intensa de lo que aparentemente justificaría el presente.

La persona puede saber racionalmente:

«No está pasando nada grave».

Y, sin embargo, sentir ansiedad, miedo, rabia, bloqueo o una intensa necesidad de protegerse.

En estos casos, la ansiedad no siempre se comprende únicamente mirando lo que está ocurriendo hoy. A veces necesitamos explorar también qué aprendió nuestro sistema a considerar peligroso y qué experiencias pueden estar detrás de determinadas reacciones.

¿Cómo puede ayudar la terapia EMDR?

Cuando algunas experiencias del pasado continúan generando malestar en el presente, EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares) es uno de los abordajes que pueden utilizarse para trabajar con recuerdos traumáticos y experiencias emocionalmente perturbadoras.

El objetivo no es borrar lo ocurrido ni olvidar nuestra historia. Se busca favorecer que aquellas experiencias puedan ser procesadas e integradas de una manera más adaptativa, disminuyendo la intensidad con la que continúan interfiriendo en el presente.

Porque recordar una experiencia no significa necesariamente haberla procesado.

Comprender nuestra historia puede ayudarnos a reconocer por qué determinadas situaciones nos activan, de dónde proceden algunos patrones y qué mecanismos aprendimos para protegernos.

Y, sobre todo, nos permite empezar a construir respuestas diferentes.

No se trata de buscar culpables en nuestra infancia ni de convertir cualquier experiencia en un trauma. Se trata de dejar de valorar lo que vivió aquel niño únicamente con los recursos y la mirada que tenemos como adultos.

Trauma, ansiedad y EMDR en Dos Hermanas

Si experiencias del pasado continúan influyendo en tu ansiedad, autoestima, relaciones o forma de reaccionar emocionalmente, trabajar sobre su origen puede formar parte del proceso terapéutico.

En mi consulta de psicología en Dos Hermanas trabajo especialmente con problemas de ansiedad, trauma, apego y regulación Servicios emocional, integrando terapia EMDR cuando está indicada. Inicio

Comprender por qué reaccionamos como reaccionamos es importante. Pero el objetivo no es quedarnos atrapados en el pasado.

Es conseguir que nuestra historia deje de decidir automáticamente cómo vivimos nuestro presente. Terapia EMDR en Dos Hermanas